Los cautivos (primera parte)
- andreazurlo
- 3 mar 2017
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A causa de las moscas que lo perseguían y amenazaban con entrarle en el cuerpo por cualquier parte, el portugués tuvo que acelerar el paso al bajar del tren, aunque no deseaba importunar a la señora con una visita temprana. Sin embargo, ella no parecía fastidiada sino más bien agradecida, mientras terminaba de peinarse delante del desconocido, lo que Hilario Souza Gómes intuyó como un puro gesto de femenina coquetería.
—Permítame decirle que le está muy bien el cabello suelto -dijo él, mientras la observaba atarse la trenza cobriza con el lazo negro de seda. La imagen de la mujer, alta y robusta, se reflejaba en el espejo ovalado que colgaba sobre el aparador de roble de la sala.
— En este pueblo, señor Souza, una asoma la nariz a la calle con el cabello suelto, o con un pequeño escote, y comienzan a mirarla torcido, y se hacen la señal de la cruz como si se tratara de una hereje -Juliet Sindwall hablaba con un marcado acento inglés, que hacia explotar las consonantes y endulzaba las vocales-. Sobre todo desde la muerte de mi marido… A una viuda le conviene enterrarse junto con su marido o escaparse.
— ¿Usted se está escapando? -preguntó Souza, quien desde hacía algunas semanas había comprado, mediante un intermediario, los campos y la casa de Juliet y que era tan extraño en esos parajes como su interlocutora.
—Francamente, lo más rápido posible y pensaba que usted conduciría la finca desde la capital, nunca creí que decidiría enterrarse aquí.
—Tampoco yo pensé que llegaría el momento en el que desearía dejar la capital, pero esa ciudad es una gran olla de vapores malsanos y me dieron ganas de cambiar de aires…, ¡Si hubiera estado cerca del mar! Al menos el aire con iodo cura todos los males, pero en la capital el aire está impregnado del olor del puerto, del matadero y del riachuelo de aguas podridas -Souza Gómes frunció la nariz como si oliera el hedor nauseabundo de los arrabales.
Juliet no respondió, pero la expresión de sus lánguidos ojos verdes demostraba que el aire por esas partes no era de los mejores.
—Aquí tampoco hay mar, sólo una ciénaga que se tragó a unos cuantos y una sensación de encierro al aire libre -dijo volviéndose hacia Souza-. Si estaba aburrido de la capital podría haber regresado a casa o, al menos, irse a Brasil.
—En Portugal la situación no es de las mejores y creo que en Brasil volvería a sentirme colono, como en el pasado. Pienso que, cuando uno no encuentra su lugar en el mundo, es mejor irse a un pueblo perdido para intentar recomenzar, y Agua Chica no figura ni en los mapas.
— Agua Chica no figura por ninguna parte, es como si no existiera -asintió Juliet.
Mientras esperaban que les sirvieran el desayuno, dieron una vuelta por la casa, un rectángulo distribuido sobre dos plantas y construido con una sencillez casi banal, coronado por un techo a dos aguas, desde el que se elevaban hacia el cielo seis chimeneas mudas que nunca fumaron. En cada habitación de la casa había una chimenea con la leña y el atizador siempre listos, como un nostálgico recuerdo de los lejanos y añorados fríos europeos; los muebles eran de roble y los adornaban unos tapetes de puntillas sobre las que descansaban los juegos de porcelana fina que aún faltaba embalar. Sobre las cómodas de los tres dormitorios de la planta superior el aroma dulce de la colonia de los perfumeros de cristal atraía incontables moscas que revoloteaban, desacralizando el aire con sus incesantes zumbidos. En su conjunto, la decoración era demasiado inglesa y muy refinada para esa tierra polvorienta. La fachada de la casa, con los ladrillos rojos a la vista, las pequeñas ventanas y el techo de tejas oscuras, eran ajenos al paisaje y parecían sufrir terriblemente por haber sido expatriados a otras latitudes.
—En un comienzo, cuando llegamos con mi marido, la nostalgia nos hizo creer que para sentirnos en casa bastaba con imitarla -se justificó Juliet, dejando correr la mirada por la decoración de su hogar- pero nos valió de poco. En aquella época regalaban la tierra. Apenas pusimos un pie fuera del barco nos dijeron "Por allá encontrarán tierra libre" y así llegamos a Agua Chica. Nos adueñamos de toda la tierra posible y trabajamos como mulas hasta enriquecernos. Sin embargo, nada consiguió atarnos a este lugar, y sufríamos en silencio con cada ternero nuevo o con las buenas cosechas que no nos daban excusas para abandonarlo todo y marcharnos –suspiró ella con la mirada perdida en la inagotable superficie de su territorio-, ni siquiera llegaron los hijos deseados para bendecirnos la vida.
Juliet y Souza se acomodaron en unos cómodos sillones de mimbre en la galería trasera que continuaba en un prado de pastizales secos. Más allá los animales se confundían con sombras largas de sol temprano. La criada les sirvió el té con galletas de mantequilla y ellos se entretuvieron por un buen rato discutiendo sobre la bondad de los diversos tipos de tés asiáticos y espantando moscas. Con la sequía del otoño las moscas se volvían aún más molestas, presintiendo el fatídico invierno .
—Es por la ciénaga y los animales, aquí uno no puede prescindir de las moscas -sonrió Juliet alzando la paleta matamoscas-. Durante el invierno no las verá y, por más ridículo que le parezca, terminará extrañando su zumbido. ¡Hay lugares donde hasta las moscas pueden ser una compañía!…¡Oh!, pero no quiero que piense que trato de desalentarlo, tendrá tiempo para decidir por su cuenta si desea quedarse o no.
Souza sonrió pensando que, después de todo, era casi lógico que una distinguida señora inglesa pudiera encontrar más entretenida la compañía de las moscas que la de los restantes seres humanos que habitaban un pueblo marginal como Agua Chica, y supuso que, tal vez, la opinión de la señora Juliet fuera un poco exagerada y subjetiva.
Durante el trayecto hasta el despacho del notario del pueblo, el doctor Piña, la señora Sindwall y el portugués caminaron casi sin hablar, con la boca ocupada en hacer sonrisas a los vecinos de expresión sorprendida que pasaban junto a ellos, y que no conseguían disimular que estaban allí sólo para verles. Cada tanto, algún que otro habitante de Agua Chica se detenía a saludarles con un gesto, inclinando la cabeza de arriba abajo, como si el arte de la palabra fuera una rutina olvidada, y luego proseguía andando como los demás, ida y vuelta por la única calle que desembocaba en la plaza donde se hallaban la iglesia, el ayuntamiento y un mercadillo vacío. Desde la llegada de Juliet y John Sindwall no se veían rostros nuevos en el pueblo, salvo por algún que otro viajante que por casualidad tropezaba con Agua Chica en su camino y que, seguramente, evitaría ese pueblo en un futuro, porque era un lugar malo para los negocios, donde había sólo una inglesa que compraba telas o colonias.
El estudio del doctor Mauricio Piña se hallaba en la entrada de una casa blanca, apenas después del angosto y fresco zaguán de baldosas gastadas. La casa olía a papel y al moho abrazado en los rincones, escondido en la fresca penumbra, y también a las ratas que masticaban, imperturbables, kilos y kilos de expedientes, inútiles divagaciones archivadas por todas partes y acumuladas durante siglos. El ventilador de paletas gruesas giraba superfluo en la brisa fresca de una mañana otoñal, y el doctor Mauricio Piña se restregaba, por puro vicio, el rostro de mofletes caídos con un pañuelo blanco bordado.
Souza prefirió permanecer de pie junto a la ventana, contemplando el gigantesco árbol de magnolias que cubría de sombra espesa el patio lateral de la casa del notario, en tanto que éste último leía la escritura de compraventa, resbalando en las erres con un cierto estilo gangoso. De vez en cuando, Souza se volvía hacia Piña y movía la cabeza en señal afirmativa, pero lo hacía, más que nada, para observar de reojo a la señora Sindwall, su perfil recto tallado en el blanco marmóreo de su piel y su busto relleno, sojuzgado dentro de un vestido de cuello alto.
—Pienso que está todo en orden, ¿verdad? -preguntó finalmente el doctor Piña, intercalando una tos aristocrática cada dos palabras -. El señor Souza toma posesión inmediata de la propiedad de nuestra estimada Juliet que nos abandona…¡Qué pecado! Dicen que nadie sabe preparar el té como usted.
—Lamento que en veinte años de vivir en el mismo pueblo no haya conocido ni ésa ni otras de mis virtudes…- rió ella, alegre y maliciosa, ante la sofocación avergonzada del doctor Piña.
—¡Pero si nunca las quiso dar a conocer a otra persona distinta del buen John que siempre las enumeraba! –exclamó el doctor Piña cubriéndose el rostro de falsa consternación.
—Sí, sí, pero bien que “su buen John” corría al prostíbulo cada vez que iba a Asunción –rebatió Juliet sin perder su sonrisa amable.
—¡Oh!, cosas de hombres, cosas del cuerpo…que en paz descanse y que bien le haya aprovechado- respondió el notario sonrojado, sacudiendo el pañuelo en señal de saludo al alma de John Sindwall que merodeaba entre los encajes de las cortinas-. Espero saludarla antes de que se marche.
—Con el próximo tren, dentro de una semana, si el señor Souza me hospeda en su casa durante algunos días.
— Espero que usted se quede por el máximo tiempo posible -respondió él, galante, lamentando que ella partiera y echándola de menos sin siquiera conocerla.
Cuando salieron del despacho, la minúscula sala de espera del doctor Piña estaba atiborrada de gente, algunos sentados y otros aplastados contra las paredes. Eran los mismos que antes habían encontrado por la calle, una pequeña nube de personas que les perseguía como una tormenta de verano.
—¿Ha visto cómo nos persiguen? -dijo Juliet indudablemente molesta.
—Me siento honrado ante tanta atención, en la ciudad apenas le miran a uno la cara y se sabe que cuando deje de ser una novedad y se acostumbren a verme, comenzarán a ignorarme.
—No se crea que va a ser tan fácil – dijo Juliet, volviéndose hacia ellos antes de salir a la calle y notando con curiosidad que, en más de veinte años de vivir en el mismo pueblo, los rostros de esa gente esfumaban de su mente apenas los dejaba de mirar.
Al pasar por la iglesia, Souza insistió en detenerse para conocer al Padre Humberto.
—Lo único que me queda es ser un buen cristiano, a mi edad las esperanzas de ser algo más escasean -se excusó él, buscando el elogio que Juliet no tardó en pronunciar.
—Creo que puede hacer muchas cosas mejores que rezar, hay tiempo para preparar el alma, el cuerpo también merece su parte, ¿no cree? -Souza hizo una breve genuflexión y la señal de la cruz y decidió que tendría tiempo para visitar al padre Humberto, ese no era el momento justo.
Pocos pasos más adelante se cruzaron con Anselmo, el fotógrafo, quien insistió en llevarlos hasta su estudio, en la esquina opuesta, para sacar una foto de recuerdo a Juliet.
—Este es un lugar bueno y tranquilo, todos los que vienen se quedan de por vida -dijo el viejo arrugado y oscuro, con más años que la injusticia de los hombres sobre los hombros curvados, pasándose el dedo índice por el cuello gastado de la camisa, ceñido por una corbata negra que formaba pliegues irregulares alrededor del cogote macilento -. Uno de los primeros que llegó fue un francés muy distinguido, que tuvo un accidente en la ciénaga, nadie lo veía desde hacia tiempo, pero la ciénaga devuelve todo lo que se traga; luego John y ahora usted, la única que no quiere quedarse es la Julieta. ¡Con esa casa tan linda que tiene!
—¡Que tenía! Ahora es del señor Souza -lo interrumpió Juliet -. Y John estaba pensando en marcharse cuando murió.
—Sí, sí. Pero estaba escrito que era su destino descansar en esta tierra -respondió el viejo que hablaba con placer sobre muertos y tumbas. -¿Ve las flores, Julieta? -dijo señalando un florero colocado sobre el alféizar de la única ventana de la habitación al tiempo que los invitaba a entrar en su socucho inundado de porquerías-. Usted sabe que nunca olvidaré, y que mientras viva ese rincón tendrá mi eterno agradecimiento. A propósito, ¿qué hará con John? ¿Se lo lleva con usted, lo sepulta en el cementerio o lo deja en la casa?
Juliet se movió incómoda en la silla mientras el viejo disparaba una foto y el flash iluminaba la habitación llena de trastos y retratos de los rostros de Agua Chica.
—¿Piensa que arrastraré un cadáver por medio mundo? Sería más justo devolverlo a su tierra, pero es imposible…creo que al señor Souza no disturbará la tumba de John, está en el lindero entre los campos y la ciénaga -respondió Juliet al tiempo que se volvía hacia Souza.
—Dejemos que los muertos descansen en paz. El señor Sindwall seguramente no molestará a nadie.
—Los muertos no molestan a nadie cuando están cautivos en el cementerio, no cuando andan sueltos -dijo don Anselmo sacudiendo la cabeza negativamente.- Usted habla muy bien nuestro idioma don Souza, si no le molesta lo visitaré cuando vaya por esas zonas a sacar fotos, soy un apasionado de la ciénaga y de sus alimañas verdes, un lugar que rebosa de vida, magnífico.
—Naturalmente, será un placer -respondió Souza, decidiendo que llegado el momento tendría que inventarse una excusa para evitar al viejo, sus alimañas verdes y sus muertos cautivos.
(continuará)


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