Abstinencia
- andreazurlo
- 4 abr 2016
- 3 min de lectura

Sucede que, algunas veces, a una le pasan nubes por la mente y, con la lluvia, se le lavan las ideas y los recuerdos. Así me siento. Como si de repente se me hubieran ido las ideas, los recuerdos y las palabras, -que de esas sí, siempre tuve muchas reservadas-. Cuando era pequeña mi abuela decía que yo era un pozo de palabras, un pozo insondable lleno de palabras, que esconden inmensos vacíos y soledades, -que de estas también estoy abarrotada-. Pero ahora que me hace ver de nuevo esa foto, ahora que la veo, es como si me retornara todo en una marea, como el vaivén de las olas; no, mejor aún, como una marejada enorme que me sofoca…¿Por qué me la muestra?, ¿qué gana con hacérmela ver? ¿Quiere que sufra? Él está tan cerca de mí que una foto no cambia nada. Nada de nada. Sé que usted espera que me ponga a contar historias, doctor, que le diga lo que sentía entonces; me quiere recorrer la vida sin sacar billete, pero yo no quiero que me roben los recuerdos; no estoy aquí para andar regalando nada a nadie, y mucho menos mis recuerdos y mis palabras: me los tengo bien guardados. Pero reconozco que usted quiere hacer su trabajo y que, si no hablo, esos miserables seguirán hablando mal de nosotros, sobre todo de mi, como si el amor fuera un trastorno, una forma de locura y yo lo sigo amando locamente igual que entonces. Cuando me sentaba en su sillón de dentista me dejaba fascinar por sus dientes perfectos, su nariz recta, sus ojos de agua marina, que se encendían aún más cuando se ponía la mascarilla verde. Lo sé, lo sé, él no se mostraba atraído igualmente y, por más que me pusiera minifaldas escandalosas y escotes provocadores, su atención se concentraba exclusivamente en mi boca, en mis dientes, en mis encías rosadas y sanas, en mis muelas obturadas, en mis colmillos agudos, que no son las piezas más atractivas de mi rompecabezas. Le juro, doctor, que me hubiera roto los dientes y comido millones de caramelos tan solo por verle, para sentir el dolor de su torno, para sufrir en sus manos. Postergué hasta el infinito la última cita esperando su llamada telefónica, la voz anodina de su secretaria que clamara su desconcierto ante mi ausencia, pero nada de eso pasó. Me puse a hilvanar desesperaciones con hilo grueso, sentada adelante de la televisión, mientras esperaba el milagro de su voz al teléfono. Con resignación bordé su rostro en punto de cruz y lo deshice por no soportar su presencia ausente; pero mi paciencia fue recompensada el día en que me lo encontré por casualidad cuando pasaba por delante de mi casa. Esto usted ya lo sabe. Es verdad que insistí demasiado para que entrara, y que él murmuró una excusa a media voz, pero, al final, aceptó mi invitación y entró en casa por ese café que le ofrecí, y yo, rebosando de felicidad, sabía bien que era mi única oportunidad …y triunfé, doctor. Sí, triunfé, y eso no me lo puede negar. Soy casi feliz; y perdóneme si lloro, pero es que esa foto me emociona aún hoy, no obstante vivamos en simbiosis perfecta, a pesar de que todo mi ser se nutra de él y mis pulmones respiren su aire, me sigo emocionando; y no me importa que sus amigos se lamenten porque no lo ven más, y que sus pacientes se dejen pudrir los dientes, y que su secretaria se desgarre las vestiduras por no poder fijar las citas, ni que su familia sufra. Ahora está conmigo. Y deje de mirarme con esa cara, doctor, porque, si me mira así, me recuerda a ellos, a esos que no entienden que no soportaba la abstinencia de él, que no podía dejarlo ir… nada entienden esos idiotas que me acusan de canibalismo.


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